26.11.07

Lucía

7

Tres de la mañana. La música hace vibrar la piel y Lucía baila. Le tiemblan las rodillas, la cadera y sacude los brazos, que bambolean al lado del cuerpo y por sobre la cabeza. Los ojos apenas cerrados expresan su éxtasis y alegría. No para. No puede parar. Ya ni nosotros podemos saber la cantidad y variedad de cosas que ha ingerido. Se retuerce y contonea a su ritmo, ni siquiera al de la música. Cuando termine arriba del parlante, bajará de un salto y caminará, bailando, hasta la barra para pedir otro trago. Esta vez, de limón. Al apoyarse sobre el mostrador, se ve las manos rojas y le duelen los pies. Ahora, volviendo hasta donde la esperan sus amigos, no baila tanto. Es el momento en donde Lucía dice basta, se queda callada, seria, no habla con nadie, y sabe que en diez minutos estará caminando hacia su casa. Pero sus amigos no intuyen su estado. Siguen hablando y riendo y fumando y tomando. Las baldosas suenan frías y huecas. Los cordones de la vereda son altísimos y a Lucía le cuesta enormemente cada paso. Llaves, en el bolsillo izquierdo, cigarrillos en el derecho, donde mete la mano para encender uno sacando una foto de su sobrino entre dos placas de plástico: el llavero. No puede dormir, pero tampoco cerrar los ojos, ni pararse, ni ver, ni respirar. Tiesa boca arriba, sobre las frazadas, tampoco piensa. Se dedica a escuchar pasar el tiempo recordando fragmentos de la noche, que se mezclan con los del día anterior y el anterior y el anterior y el de mañana. Lucía, enteramente borracha, se duerme.

1 comentario:

buda dijo...

esteeeemmmm???

cualquier semejanza con hechos reales es mera coincidencia?